Háblanos de Serguéi Asimov.

Es un cosmonauta que forma parte de la tripulación que está en la Mir en los años 91-92 cuando se desmiembra la Unión Soviética. Es un profesional que ama su trabajo y se encuentra, de buenas a primeras, aislado en esa nave sin saber cuándo va a regresar a la Tierra y reencontrase con su familia. Los cosmonautas son también militares, tienen una formación militar, y el suyo es el conflicto de cumplir con una misión, pero a la vez tomar decisiones en contra del mando superior para salvar la nave, su propia vida y poder regresar con su familia. La amistad que establece con Sergio, el radioaficionado cubano, es crucial en todo esto.

 

¿Qué pensó Héctor Noas cuando se le propuso el personaje?

Bueno, supe que era el reto más grande que yo había tenido en mi carrera. Serguéi es un ruso nativo, tiene la complejidad de un idioma que no domino y también estaba la representación de la ingravidez, que me obligaba a un proceso de entrenamiento muy fuerte para poder resistir el trabajo de cuerdas en la película. La decisión me costó muchos días y muchas noches de desvelo. Incluso me acuerdo que una noche me acosté pensando: mañana llamo a Daranas y le digo: “Daranas mira, tengo un conflicto con esto, yo no sé si voy a poder hacer este ruso con todo lo que está exigiendo”. Y me desperté por la madrugada con una pesadilla, y digo: “¿Qué estás pensando? No, no, no, si él ha confiado en ti, y tienes la posibilidad de hacer un buen personaje, ¿cómo tú mismo no vas a confiar en ti?” Y ya esa mañana me levanté con otra energía, porque si como actor yo toda mi vida he estado buscando retos, este era el reto más importante en mi carrera.

 

¿Qué desafíos te planteó Serguéi?

Desde que acepté el personaje mi vida cambió. Yo necesitaba aislarme un poco del mundo, incluso de mi familia, para poder sentir emociones y la soledad esa intrínseca que tiene ese personaje que no se puede comunicar como quisiera y que no puede estar donde realmente desea en el momento en que su país se desintegra.

El idioma también era una barrera. Hace más de 30 años di clases de ruso, pero como era una cosa prácticamente impuesta, pues borré por completo esos estudios. Pero a Tomás Cao (Sergio) y a mí se nos pusieron excelentes entrenadores con los que comenzamos casi desde cero.

El otro desafío era el trabajo de cuerdas. Cuando Daranas me lo planteó ese era mi gran conflicto, porque yo siempre he tenido problemas de sacro lumbalgia y aquí tenía que someterme a un entrenamiento físico muy fuerte porque tenía que hacer casi toda la película colgado en unos arneses y saberme desplazar con relativa comodidad en ellos. La parte del entrenamiento físico lo hice en Cuba y, cuando llegué a los estudios de Mediapro en Barcelona a filmar la Mir, me encontré con un equipo muy profesional para el trabajo de cuerdas. La gran sorpresa fue que ese trabajo de cuerdas me ha ayudado mucho con el estiramiento de la columna.

 

Háblame de tu amistad con Sergio.

Sergio y Serguei se conocen por accidente y enseguida simpatizan porque Sergio ha estudiado marxismo en la URSS y entiende muy bien lo que Serguei está viviendo allá arriba. En la medida que avanza esa relación, yo empiezo a sentir que él es la persona con la cual puedo ser franco. Lo que no puedo imaginar es que él pueda ayudarme de algún modo.

Daranas nos pidió a Tomás y a mí que trabajáramos mucho esa relación, porque sabíamos que en el rodaje no íbamos a poder estar uno frente al otro y era muy importante entender el modo en que nos relacionábamos en cada momento trabajando solos en el set frente a una radio. La verdad es que eran tantos detalles a la hora de actuar, que un día le dije bromeando a Daranas: “tú no necesitabas un actor, tú necesitabas una computadora para hacer este personaje”. Pero lo cierto es que se me ha facilitado todo del mejor modo posible y ha terminado siendo una experiencia maravillosa.

 

¿Alguna curiosidad del rodaje? 

Bueno, tener la posibilidad de ponerme un auténtico traje Sokol que ya había ido al cosmos con un cosmonauta. Eso fue una ilusión tremenda, como del niño que se pone el disfraz verdadero de un héroe con el que ha soñado. Lo que pasa es que el cosmonauta que había usado ese traje era más pequeño que yo y el “trajecito” me obligaba a encogerme completamente para meterme dentro de él. Y lo otro fue que, tras tantos meses guardado, el traje no tenía un olor agradable. Por fortuna tuve un gran equipo de vestuario que me alivió mucho las cosas. Y aquí aprovecho para pedir perdón a todo el staff, porque los obligué a estar prácticamente congelados dentro del estudio, pero es que, entre el grosor del vestuario, el reducido espacio dentro de la nave y el esfuerzo de estar colgado, pasaba mucho calor. El personaje no podía transpirar ni un poquito porque habríamos tenido que hacer flotar el sudor también.

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